lunes, 3 de junio de 2013

Manuel Blanco Romasanta: "El Hombre Lobo de Allariz"

Europa se vio siempre atemorizada por los "Hombres Lobo", licántropos que devoraban carne humana cuando se transformaban en monstruos por el influjo de la luna llena. Manuel Blanco Romasanta nació el 18 de noviembre de 1809, en la aldea ourensana de Regueiro. En un principio, su acta de nacimiento decía "Manuela", ya que se pensó que era una niña. Era sastre, pero su vida cambió radicalmente cuando quedó viudo. A partir de entonces se dedicó a la venta ambulante. Los primeros años se movió por la zona y más tarde abarcó todo el Reino de Galicia. Todos los lugareños le señalaban como vendedor de unto o grasa humana. Por su fama asesina, llegó a ser acusado del asesinato de un alguacil. Juzgado y condenado, se escapó a un refugio en un pequeño pueblo abandonado llamado Ermida.

 

Manuel Blanco Romasanta
 

En vista de que estaba prófugo, comenzó una serie de asesinatos utilizando todo tipo de estrategias. Fue capturado en Nombela (Toledo) y juzgado en Allariz. Su proceso judicial todavia se conserva en el archivo historico del Reino de Galicia: "Causa 1788, del Hombre Lobo". Reconoció que había matado a nueve personas a sangre fría. Según dicen los expedientes judiciales de la época, "usaba sus manos y sus dientes para asesinar a sus víctimas, comiéndose los restos".

 

A causa del tipo de heridas sufridas por las víctimas, se consideró que padecía licantropía, es decir, era un hombre que se transformaba en lobo, ya que las heridas eran como dentadas de los colmillos de uno de estos cánidos.

 

Él mismo aseguró que había sido víctima de una maldición cuando era adolescente, y que tuvo alucinaciones en las que se veía rodeado de lobos después de sus asesinatos. Segun sus propias palabras:

"Por culpa de la maldición de uno de mis parientes, tal vez mis padres, me convertía en lobo, desnudándome primero y revolcándome después por el suelo hasta tomar dicha forma... pero la maldición terminará el día de San Pedro, cuando se hayan cumplido trece años desde mi primera metamorfosis..."

 


Fue condenado a muerte, aunque la reina rebajó su pena a cadena perpetua para poder investigarle a fondo y descubrir la veracidad de sus palabras. Ingresó en prisión en 1854. Sin embargo, cuando los investigadores llegaron a la celda de Romasanta, la encontraron vacía. Después nada se supo de él, pero dio origen a una leyenda negra.

José Luis Calva Zepeda: "El Caníbal de la Guerrero"

José Luis Calva Zepeda nació en la Ciudad de México el 20 de junio de 1969, hijo de Esteban Calva Téllez y Elia Zepeda Camarena. A los dos años, su padre murió en circunstancias trágicas. Desde entonces, José Luis fue maltratado psicológicamente por su madre. En 1976, un episodio de abuso sexual lo marcó. Al poco tiempo escapó de su casa y vivió mucho tiempo en la calle, entre los niños que utilizaban drogas y se prostituían por unas cuantas monedas. Calva Zepeda aprendió muy pronto a odiar y despreciar a las mujeres. Con el advenimiento de la adolescencia y el descubrimiento de su bisexualidad, la mezcla entre atracción y desprecio hizo crisis en su psique.
 


José Luis Calva Zepeda de niño
 

Calva Zepeda consiguió estudiar hasta la educación media superior. Cuando finalmente se casó, procreó a dos hijas. Su matrimonio duró siete años, al término de los cuáles el divorcio se hizo necesario. Solo de nuevo, Calva Zepeda se refugió en la escritura: realizaba poemas y cuentos que reflejaban sus estados anímicos y en los que comunicaba su retorcida visión del mundo.



En 1993, fue arrestado por portar un arma blanca; duró preso poco tiempo. Al conocer a Juan Carlos Monroy Pérez, inició una relación amorosa que pervivió bastante tiempo. La pasión homosexual no apagó su atracción por las mujeres: vivía ambos mundos con desenfado y placer. Empezó entonces a dedicarse a la actuación.


También publicó por su cuenta algunos de sus libros; de esta etapa surgieron los títulos Instintos caníbales; Prostituyendo mi alma; Réquiem por un alma perdida; Krish, el aprendiz de mago; Antigua; Caminando ando y La noche anterior. Escribía además historias de terror para cine y teatro. Sus poemas los firmaba con el pseudónimo de “El caminante”: “Algún día todos tendrán que seguir al Caminante”, dice un fragmento de una de sus obras.


Escribió diez novelas, ocho obras de teatro y más de ochocientos poemas. Al inicio de uno de sus volúmenes una línea indica: “Dedico estas palabras a la creación más grande del universo (que soy yo)".

Otro de sus textos dice:

“Soy José Zepeda, nací en el 69, tengo pulmones enfermizos, corazón grande, huesos frágiles, nariz profunda hacia fuera al igual que mis recuerdos, boca amplia que alberga diez mil palabras y un clamor, manos marcadas en la fragua de la desesperación y el dolor, endurecido de los pies, imberbe de la piel y ágil de dedos; fumador del tabaco fuerte, bebedor del mezcal sin gusano, gastrónomo de afición, no de degustación sino de elaboración, privativo del frijol, el picante, los tamales y la tortilla de maíz, adicto al café más por necesidad que por gusto al mismo. Estoy viendo en el ojo de una tormenta, me ahogan las niñas de mis ojos mientras lloran. Me arrebata la ira; me dominan mis celos, me desangro, me desgarro, me acorralo. La diferencia entre la vida y la muerte es blanca, se evapora en un instante y pesa solo un gramo. Ahí estaba yo sentado frente a mi única opción. Ahora dime, mi querido lector, ¿tú, estás en la bienaventuranza o en la tribulación? Y... si estás seguro del lugar en donde te encuentras... ¿Estás con el diablo o estás con Dios?”

Calva Zepeda vendía sus poemas en hojas sueltas o en cuadernillos, que ofrecía en las calles y en los cafés de los Colonias Roma y Condesa, en la Ciudad de México, así como en el Tianguis del Chopo.


En 2004, conoció a Verónica Consuelo Martínez Casarrubia, una chica con la cual sostuvo una relación amorosa.


José Luis Calva Zepeda con su novia, Verónica Consuelo Martínez Casarrubia

 

Pero las cosas no fueron bien. La madre de Verónica Consuelo se oponía a la relación, le decía a su hija que ese hombre “no le convenía”. Pero ella nunca prestó oídos a los consejos maternos.
   
Verónica Consuelo Martínez Casarrubia
 

Sin embargo, los problemas destruyeron a la pareja y, ese mismo año, Calva Zepeda inició su carrera criminal: asesinó a Verónica Consuelo y después la descuartizó. Abandonó el cadáver desmembrado en Chimalhuacán, en el Estado de México. Allí lo encontró la policía el 30 de abril del mismo año. Su madre, Judith Casarrubia, interpuso una denuncia y Calva Zepeda fue desde entonces un prófugo de la justicia.


Cuando se mudó al departamento 17 de la calle Mosqueta nº 198, en la Colonia Guerrero, convirtió su casa en un escenario peliculesco: conservaba extraños cuchillos, libros de brujería, veladoras y textos de terror, muchos de ellos escritos de su puño y letra. Calva Zepeda practicaba brujería, consumía cocaína y se había vuelto un alcohólico y fumador empedernido.

  
En su ropero guardaba un traje de mallón con un sujetador que, a la altura del pecho, simulaba dos pechos en aluminio; también poseía antifaces multicolores, adecuados para las fiestas de Carnaval. Varios de sus poemas hablaban sobre su obsesión con convertirse en madre y en un cuarto conservaba una cuna con la ropita para bebé que su madre le obsequió, en 1997, para una de sus nietas.



La cuna en uno de los cuartos de su departamento
 

Según algunas versiones no oficiales, en 2007 Calva Martínez mató y descuartizó a una prostituta conocida como “La Jarocha” o “La Costeña”. Esta vez, dejó el cadáver en Tlatelolco; el cuerpo fue encontrado el 9 de abril. Sin embargo, ese crimen atribuido a Calva Zepeda aún no está comprobado.



El cadáver de "La Jarocha"
 



Sus vecinos aseguraban que era tranquilo, callado, elegante y hasta “galán”. De su departamento siempre salía con diferentes mujeres. El conserje de su edificio llegó a afirmar: “nunca se comportó de forma extraña; es más, sabíamos que le gustaba cantar en un karaoke”. Los colonos informaron que Calva Zepeda llevaba a su departamento mujeres de diversas edades que contactaba en el cybercafé donde trabajaba, sobre la Avenida Guerrero.


Su relación con Alejandra Galeana Garavito duró varias semanas. La chica de treinta años, madre soltera, estaba enamorada del hombre que le escribía poemas y le juraba amor, sin sospechar que se trata de un psicópata. Se trataba de una joven seria, que no socializaba mucho. Alejandra trabajaba en la Farmacia de Genéricos ubicada en la esquina de Guerrero con Orozco y Berra. Al salir, caminaba cuatro cuadras sobre el Eje 1 Poniente y Calva Zepeda la acompañaba. Pegada en la computadora, Alejandra Galeana tenía la fotografía de él. Guardaba en su recámara las cartas y los poemas que su novio le escribió para enamorarla. Uno de esos escritos afirma:

"Es la ausencia de tu cuerpo que me falta junto a mí.
El deseo de atraparte entre mi almohada y sus sueños.
Es tu mirada que se clava en mí como lanza de cazador".


Dedicatoria manuscrita de Calva Zepeda en un ejemplar de su poemario; incluye su teléfono y correo electrónico (cortesía de Arturo Sánchez)


En su poema “Semilla germinal”, dice:

“Gracias por dejarte ser parte de este universo,
el tuyo, el mío, el de nosotros dos.
Tuyo, desde el origen hasta la evolución”.

Un tercero afirma:

“Me cediste todas tus partes.
Tu aliento, tus uñas y tus ansias.
Me vestiste de ti y fui tu ave.
Canté tu canto que nunca calla”.

  
Dos portadas y contraportadas distintas del libro Caminando ando (imágenes tomadas del blog Nota Roja: Trauma y Tragedia, cortesía de Arturo Sánchez)


El 5 de octubre, Alejandra Galeana se fue de su casa para no regresar; dejó de responder las llamadas que le hacía su madre, quien tampoco estaba de acuerdo con su relación con Calva Zepeda.
  

La madre de Alejandra Galeana
 

Esa misma noche, Calva Zepeda asesinó a su novia. Pero esta vez fue más allá. Tras el homicidio, Calva Zepeda procedió a descuartizarla como a Verónica Consuelo, utilizando para ello la tina del baño. Pero, no conforme con ello, decidió guardar el cadáver en su departamento. Destazó la pierna y el brazo derecho, le quitó la piel y la carne, y después las guardó en el refrigerador. Puso algunos huesos en una caja de cereal. El tronco del cadáver de su novia lo guardó en el ropero.



El cadáver de Alejandra Galeana
 

El lunes 8 de octubre, Calva Zepeda se puso a cocinar: los ingredientes principales eran la mano y trozos de la carne del brazo de Alejandra. Hirvió los restos en agua un buen rato; preparó un caldo muy espeso y una vez que la carne estaba cocida, les añadió limón como condimento. Se sirvió los trozos de carne en la mesa de su desayunador, con más limón cortado en un platito. Pero no contaba con que sus vecinos habían percibido el hedor del cuerpo descompuesto que procedía de su departamento. Llamaron a la policía, que acudió a averiguar qué ocurría.

Cuando los oficiales tocaron a su puerta, Calva Zepeda supo que estaba perdido. Los dejó entrar, pero luego trató de huir saltando desde el balcón de su departamento; pese a la caída aún pudo echar a correr, pero un taxi lo atropelló. La policía lo detuvo y luego revisaron su casa: lo que encontraron los llenó de horror y se convirtió en la noticia sensacionalista del año en México.

  
Los paramédicos acudieron a curarlo, pero su estado ameritaba que lo trasladaran a una clínica. Lo llevaron al Hospital de Xoco, donde permaneció bajo custodia. Mientras estaba internado allí, le dijo a una criminóloga: "De alguna forma agradezco que haya ido la policía, ya que así no me causo daño ni causo daño. Ya quería que terminara este infierno".

  
Calva Zepeda, atendido por los paramédicos tras su arresto
 

Al escuchar por la radio la noticia de la detención, Judith Casarrubia acudió de inmediato ante las autoridades para advertirles que se trataba del presunto asesino de su hija, Verónica Consuelo.

  
Judith Casarrubia, madre de Verónica Consuelo, muestra una de las cartas del homicida

 Los medios lo bautizaron como “El Caníbal de la Guerrero”, en alusión a la colonia donde vivía y en la cual cometió sus crímenes. Otros lo llamaban “El Poeta Caníbal”. Se declaró “admirador de Hannibal Lecter”, el personaje de las novelas de Thomas Harris que luego se convirtieron en películas.


En una de las paredes de su departamento, tenía una foto de Anthony Hopkins en el papel del famoso asesino en la película El silencio de los inocentes. Pese a todo, él siempre negó la necrofagia, hasta el final siempre dijo que no había comido del cuerpo de su novia, aunque, ¿qué sentido tendría entonces haber cocinado partes del cadáver?


El 22 de octubre, la policía detuvo a su amante y presunto cómplice, Juan Carlos Monroy Pérez. El 24 de octubre, Calva Zepeda fue trasladado al Reclusorio Oriente.

Al ser cuestionado al otro día por el Juez 21 de lo Penal, Juan Jesús Chavarría Sánchez, sobre si rendiría su declaración preparatoria sobre los hechos de los que se le acusaba, “El Caníbal” contestó: "Sí quisiera hablar, pero no coordino bien mis ideas".


"El Caníbal de la Guerrero" en la cárcel
 


Ante el juez afirmó ser católico, escritor y ganar hasta cuatrocientos pesos diarios por la venta de sus textos. “No soy el monstruo que se ha dibujado, soy una persona que cometió un error, que está arrepentida y que tiene el deseo de seguir viviendo, no importa si me voy a quedar cincuenta años aquí encerrado", concluyó.


Su abogado fue Humberto Guerrero Plata, quien alegó que Calva Zepeda “estaba enfermo de sus facultades mentales”. Bajo estos términos, Calva Zepeda se negó a declarar.


Además de acusarlo por los asesinatos de tres mujeres, se le levantaron cargos por profanación de cadáveres y delito contra la paz de los muertos. Igualmente, las autoridades buscaron relacionarlo con los feminicidios cometidos en el área limítrofe entre el Estado de México y el Distrito Federal, donde aparecieron decenas de mujeres mutiladas, parte de cuyos cuerpos, como piernas, brazos y torsos, nunca fueron localizadas.

En la cárcel, Calva Zepeda inició la escritura de una nueva obra: Caníbal, el Poeta Seductor, la cual quedó inconclusa. Uno de sus fragmentos rezaba: “Tienes frente a ti sólo dos opciones: vivir o morir. Morir es sencillo y no es necesario dejar de respirar para hacerlo. Sin embargo, para vivir es necesario morir”.


En esta novela manuscrita, Calva Zepeda narra la historia de un bebé recién nacido que es abandonado por su madre y rescatado por una perra callejera. Posteriormente, el personaje es criado por un bibliotecario, quien le pone el nombre de Dante y lo enseña a leer y escribir, inculcándole el gusto por la poesía. A partir de entonces, Dante comete su primer crimen, dejando en sus víctimas (todas mujeres) un poema escrito sobre su piel. Al final de las hojas aparece una línea que dice: "Nota: No reproducir estas hojas, protegidas por derechos de autor".


En el hospital y en la cárcel lo visitaba una joven, Dolores Mendoza (a quien otras versiones identifican como "Juana"), su nueva novia, quien afirmó ante los medios de comunicación: “Yo nunca conocí a ese caníbal del que hablan; sólo a un hombre bueno”.



Verónica, su ex novia
 

Pero la historia del homicida tuvo un final extraño. Tras varios días de decirle a su familia que los otros presos “querían asesinarlo y le pedían dinero”, el 11 de diciembre Calva Zepeda aparentemente se suicidó. Apareció ahorcado con un cinturón en su celda. Su muerte ocurrió entre las 6:00 y 6:30 horas. Lo encontraron a las 7:00, cuando se hacía el pase de lista. Esto, pese a que había órdenes de vigilarlo las 24 horas del día.


Su hermana, Claudia Calva Zepeda, declaró tras su muerte: “Ahora yo quiero justicia para el caníbal, para ese caníbal al que tanto se acusó, porque él no se mató... él tenía mucho ánimo y sabía que se iba a quedar cincuenta años aquí (en la cárcel), pero no lo dejaron, lo amenazaron y le cumplieron la amenaza".



Calva Zepeda dejó dos notas póstumas. Las líneas escritas para su madre decían: “No sé qué paso por mi vida, pero me perdí, perdí todo lo que tuve y lo que tendría. Deje ir tus palabras de amor y aún más, tus noches en vela por cuidar de mi ser. Mientras llorabas yo, indolente, callaba sin más. Tu consejo no servía ya para mí, era invencible. Sin darme cuenta me rodeé de gente extraña que sólo vino a dañarme más de lo que estaba. Hoy aquí, tras estas rejas que me aprisionan, junto al silencio de estos fríos y largos pasillos, te digo con el corazón entre mis manos: no me dejes de ti y, sobre todo, perdóname, mamá". Su segunda nota afirmaba: “Estoy resuelto a irme, no soporto más el peso de mi desgracia, intenté perderme en el falso camino y sólo conseguí hundirme más, sólo pido que se conserven mis letras, ya que es lo único bueno que he hecho en la vida, no puedo escribir más, me voy y perdón por el dolor tan grande que les causo”.


Al funeral llegaron los familiares de las víctimas, exigiendo ver el cadáver en el ataúd para cerciorarse de que estaba muerto. “Queremos ver que está muerto y cerciorarnos de que no le hará más daño a nadie”, espetaron. Su hermana, Claudia, se arrodilló ante ellos y les pidió perdón por los crímenes de su hermano.


José Luis Calva Zepeda, “El Caníbal de la Guerrero”, fue sepultado en la Ciudad de México el 12 de diciembre de 2007, día de la Virgen de Guadalupe, en el panteón San Nicolás Tolentino, en Iztapalapa, a las 14:30 horas. Al sepelio asistió su hermana Claudia, pero no su madre; tampoco fue ningún sacerdote. Sobre la tumba, cubierta de flores, destacaba una corona que la familia colocó y que ostentaba una banda que decía: “Poeta seductor”.



Con su entierro terminó la historia de uno de los asesinos más extraños de la historia mexicana. Su legado literario, considerado deficiente por muchos y genial por otros, incluye una frase que podría servir como su epitafio: “Adentrémonos en el fascinante mundo de la conducta humana y busquemos ese toque extraño dentro de cada uno de nosotros. Sólo así llegaremos al conocimiento de nosotros mismos”.

Steven Benson: "Mata a tus seres queridos"

Steven Benson nació en Fort Myers, Florida (Estados Unidos) en 1952. No había conocido a su padre. Su madre, Margaret, era una millonaria divorciada de Edward, su segundo esposo. El abuelo de Steven, Harry Hitchcock, también era multimillonario. Steven tuvo una hermana, Carol Lynn. Ella tuvo un hijo ilegítimo en la adolescencia, al que bautizaron como Scott, y a quien adoptaron Margaret y Edward cuando aún estaban casados, haciéndolo pasar como suyo. Para Scott, la vida había sido una historia de excesos y desenfreno. Era adicto al óxido nitroso, también conocido como “Gas de la Risa”, sustancia que almacenaba en grandes tanques escondidos bajo su cama. Había derrochado grandes sumas en mujeres y le había costado a su madre adoptiva una fortuna en fiestas y clases de tenis. Despilfarró el dinero de su progenitora mucho más llamativamente que Steven, su hermano mayor, y además tenía un carácter violento. En varias ocasiones había agredido físicamente a Margaret y a Carol Lynn. Pero quien se convertiría en el mayor problema sería el primogénito. Steven Benson dependía intensamente de su madre. En 1985 ya era un hombre de negocios de treinta y tres años, pero seguía bajo el yugo materno. Para vengarse, explotaba a su madre. La compra de una furgoneta Chevrolet hecha por encargo fue un típico ejemplo de cómo estafaba a su madre. Ella le dio los $25,000.00 dólares que costaba el vehículo, pero él también pidió un crédito bancario por la misma cantidad para comprar un coche de su compañía. Luego ingresó el dinero concedido por el banco en el Meridian Marketing y se las arregló para que Margaret cubriera el préstamo, con lo que la señora Benson perdió $50,000.00 dólares más intereses. De un modo parecido, se las ingenió para malversar $250,000.00 dólares del pago inicial de su casa soñada. Steven Benson había cogido personalmente unos $85,000.00 dólares del dinero de su madre durante el año que la Meridian estuvo en funcionamiento. En total, Margaret perdió inútilmente $247,000.00 dólares en la improductiva compañía de su hijo.

 

Steven Benson

 
En 1984, un año antes de que muriera su madre, Steven Benson fundó otro negocio en el que podía aplicar su talento en el manejo de aparatos y mecanismos. Lo bautizó como Seguridad Meridian. Instalaba alarmas antirrobo electrónicas en los hogares de la gente pudiente de la zona de Naples. Por fin había conseguido empezar a ganar su propio dinero. Pero por esta época la ambición desmedida ya había acabado con su sentido común. Cuando su madre se ofreció para invertir en la compañía, él organizó una juerga de auto promoción con su dinero, encargó un elegante logotipo para la Meridian, colocó lujosos expositores en todas las ferias de muestras de la localidad y contrató un gran anuncio en las páginas amarillas. Margaret comenzó a presumir orgullosamente ante sus amigos diciendo que la compañía era de su propiedad. Steven Benson también creó varias compañías dedicadas al negocio inmobiliario, al marketing y al asesoramiento legal y financiero, bautizadas todas con el grandilocuente nombre de Meridian Grupo Mundial. Una gigantesca organización trasnacional, la Honeywell, se alarmó y encargó a su oficina de Florida que investigara todos los movimientos del que parecía ser un nuevo rival. En realidad, Steven sólo vendió unas pocas alarmas antirrobo. Las otras sociedades permanecieron inactivas y la Meridian no salió adelante. Su madre le daba un sueldo de director que ascendía a $36,000.00 dólares anuales y pagaba todos los gastos comerciales sin revisar jamás las facturas. Paradójicamente, esta generosidad fue llenando a Steven Benson de resentimiento, ya que parecía simbolizar su impotencia y el tremendo poder que su progenitora tenía sobre él. Entonces planeó una pequeña venganza: el desfalco. En diciembre de 1984, Wayne Kerr, el abogado que Margaret tenía en Pennsylvania, le advirtió que su fortuna, valorada en diez millones de dólares, se evaporaría en menos de siete años si no empezaba a economizar. Desde que se trasladaron a Florida, Margaret Benson había comprado cuatro fincas, varios barcos y automóviles. Estaba pagando la formación de Scott para que alcanzara la categoría de tenista profesional, mientras el joven se gastaba su dinero en alcohol, drogas y vestidos para sus amigas y amantes. Margaret comenzó a sospechar de su hijo Steven cuando Wayne Kerr revisó los libros de contabilidad de la compañía y le informó de que aquello era un completo desastre y las cuentas no estaban claras.



El 8 de julio de 1985, Steven Benson activó en secreto una de las compañías dormidas, la Meridian Markeeting, que operaba desde su propia oficina en Fort Myers; poco antes se había comprado una casa en el mismo lugar. Ese mismo día, Margaret y el abogado Wayne Kerr se fueron a Fort Myers y se presentaron en las elegantes oficinas de la Meridian Marketing. Ella quería saber quién había financiado la reactivación de la sociedad y por qué nadie la había informado al respecto. Siempre había exigido a sus hijos una lealtad absoluta a cambio de su generosidad. Sin embargo, su actitud dominante y posesiva acabó por destruir el primer matrimonio de Steven con sus intentos de controlar todos los aspectos de la vida de la pareja, desde la elección del hogar en que vivirían hasta el tipo de coche que conducirían o la mascota que tendrían en casa. Debbie, la segunda mujer de Steven, se había propuesto luchar contra el poder de su suegra y proteger a sus hijos del control matriarcal de la familia Benson. Para ello le prohibió a Margaret que viera a sus nietos. Sin embargo, su hogar estaba financiado con su dinero.



Cuando Margaret fue con Wayne Kerr a ver la nueva residencia de Steven Benson, ella montó en cólera. Aquella era la casa con la que siempre había soñado y su hijo vivía allí con Debbie, una mujer a la que odiaba. Indignada, le dijo a Kerr que intentara obtener el derecho de posesión de la propiedad hasta que Steven le devolviera el dinero con que la había comprado, y más tarde habló también de desheredarle. El abogado, por su parte, estaba impaciente por enfrentarse a los libros de cuentas de la Meridian. Cuando volvieron a Naples, ella le dijo a su hijo que quería que tuviera toda la contabilidad preparada para una inspección al día siguiente. Esa noche, Steven le dijo por teléfono a su hermana Carol Lynn que al otro día la ayudaría a marcar con estacas la distribución de una casa que Margaret quería construir cerca de allí; después insistió en que Scott, el perezoso hermano de veintidós años, los acompañara. La mañana del martes 9 de julio de 1985, Benson se marchó de su casa de Fort Myers, en Florida, y condujo 32 kilómetros hacia Naples, en el Golfo de México. Se dirigía a desayunar con su madre, su hermana y su hermano menor, pero cuando llegó a la lujosa casa de estilo español en que vivían en Quail Creek, su familia le recibió con recelo. Aquella mañana Steven tenía un buen motivo para querer evitar a su madre. Iba a tener que responder a preguntas muy delicadas sobre el dinero. Al llegar a la cocina, Steven los saludó efusivamente. El abogado de su madre, Wayne Kerr, estaba en la casa y al verlo, Steven se ofreció a salir a comprar café para el desayuno. Esta actitud contrastaba con su reciente propensión al mal humor. Sabía que su madre había llamado al letrado para que investigara su negocio, en el que había invertido, en tan sólo un año de funcionamiento, cerca de $250,000.00 dólares del dinero familiar. Aunque en ir y volver de la tienda no se tardaba más de diez minutos, Steven regresó al cabo de una hora diciendo que se había detenido a charlar de negocios con un conocido. También mencionó que la furgoneta en la que llegó tenía poca gasolina, por lo que tuvo que coger el coche de Scott, un pequeño Chevrolet Suburbano. Poco después de las 09:00 horas, los cuatro miembros de la familia Benson salieron de la casa con la cuerda y las estacas que necesitaban para marcar el terreno en el que iban a construir la nueva casa. Wayne Kerr se quedó para trabajar en la contabilidad de Margaret. Como la furgoneta apenas tenía combustible, iban a coger de nuevo el coche de Scott quien, molesto porque lo hubieran sacado de la cama tan temprano, se sentó al volante del Chevrolet y se dio cuenta de que su hermano había quitado la llave de contacto. Mientras tanto, Steven abría la otra puerta delantera para que su madre se sentara, aunque ella aseguraba que prefería viajar atrás. Su hermana Carol Lynn se colocó detrás del conductor, aunque sabía que en la parte trasera solía marearse. Antes de que nadie pudiera protestar por el sitio que Steven le había adjudicado a cada uno, este recordó que había olvidado la cinta métrica en casa. Le pasó las llaves del coche a Scott y se alejó del automóvil andando rápidamente hacia la vivienda.



Las víctimas 
 

Carol Lynn dejó su puerta abierta para que circulara el aire, y ese pequeño detalle le salvó la vida. Mientras esperaba que Steven volviera con el metro y se sentara junto a ella, vio a Scott inclinarse hacia adelante para poner en marcha el motor; después, todo se volvió naranja. Una fuerza impresionante la empujó contra el asiento. Tenía la sensación de estar retrocediendo a toda velocidad por un túnel de fuego. Lo primero que pasó por su cabeza fue que se estaba electrocutando, pero entonces se dio cuenta de que el coche estaba ardiendo. Bajó la cabeza y contempló con horror cómo sus manos parecían consumirse bajo las llamas. No cesaba de preguntarse cómo podría salir del coche sin manos, pero sin darse cuenta lo consiguió. Tumbado en el suelo junto al coche pudo ver a Scott; era evidente que estaba muerto. Steven estaba junto al porche, mirándola a través de las llamas. Cuando lo llamó gritando, pidiendo ayuda, él se dio la vuelta y corrió al interior de la casa.



La casa tras la explosión
 

La explosión rompió el silencio del vecindario. Algunos hombres de negocios retirados que habían salido a dar su paseo matinal corrieron hacia allí alarmados. A través de los arbustos del jardín pudieron ver un coche ardiendo y el cuerpo mutilado de Margaret Benson tumbado sobre un matorral. La onda expansiva le había arrancado el brazo izquierdo y parte de la cabeza. Cerca de lo que quedaba del vehículo estaba su hija, con la parte derecha de la cara abrasada e intentando ponerse de pie. Uno de los vecinos se acercó para ayudarla, y en ese momento se oyó el estruendo de una segunda explosión. Dentro de la casa, Wayne Kerr corría hacia el exterior, hacia el lugar del siniestro. Steven se cruzó en su camino con una expresión de horror en el rostro. “Llama a una ambulancia”, le dijo. Entonces volvió a salir y, mientras cundía el pánico a su alrededor, Steven Benson se sentó a contemplar la masacre.



La camioneta
 

Los agentes del departamento del sheriff local llegaron quince minutos después de la primera explosión. Los bomberos habían apagado el fuego y en el suelo, debajo de los restos del coche, podían verse dos grandes agujeros. Era evidente que se trataba de un caso para el Departamento Estatal de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, más conocido como el ATF, la brigada con más experiencia en explosivos en Estados Unidos. Un equipo de la ATF se puso a trabajar inmediatamente en el vehículo y en la zona afectada por la onda expansiva: un total de 182 metros que rastrearon con cribas, rastrillos y guantes, con las palmas recubiertas de placas imantadas. Aquel mismo día encontraron suficientes fragmentos de tubos ennegrecidos por pólvora como para deducir que la explosión fue producida por dos bombas de tubo de fabricación casera.


El teniente Harold Young, del departamento del sheriff del condado, interrogó a Steven Benson poco después sobre quién podía haber colocado el artefacto. El joven sugirió la posibilidad de que el culpable fuera uno de los individuos que negociaba con Scott. Le preguntó por qué había tardado tanto en ir a la tienda en el Chevrolet a comprar café, a lo que respondió que se había detenido a charlar con alguien de una firma local, pero que no podía recordar su nombre. Parecía estar demasiado nervioso, incluso para encenderse un cigarrillo. La novia de Scott, Kim Beegle, también estuvo presente aquella mañana. A pesar de su aflicción, se dio cuenta de que había algo extraño en la ansiedad de Steven. Poco después, cuando la policía la interrogó sobre quién creía que podía ser el responsable de aquello, ella mencionó a Steven; luego le preguntaron el motivo que podría tener para hacer una cosa así y ella respondió: "Motivos económicos". Carol Lynn, internada de emergencia y sometida a varias intervenciones de cirugía plástica, no estuvo en condiciones de ser interrogada hasta tres semanas después del atentado. En el hospital mantuvo una conversación con George Nolicki, un agente de la ATF que dirigía la investigación en colaboración con Young. Las sospechas de Carol Lynn estaban claras: “Mi madre me dijo que no la extrañaría que mi hermano intentara deshacerse de ella. Mi hermano Steven, quiero decir”.


A medida que se iban acumulando comentarios sobre la culpabilidad de Steven y se iban reuniendo pruebas contra él, dejó de cooperar con la policía. Cerca de la oficina de su compañía, la Meridian Marketing, los dos investigadores encontraron la ferretería en la que se habían comprado los tubos empleados en la fabricación de las bombas. Era de vital importancia comprobar las huellas de las palmas de las manos del presunto asesino con las de los recibos de la tienda. Sin embargo, Steven se negó a que se las tomaran. Mientras tanto, los periódicos hablaban del “hombre blanco misterioso” que había entrado a comprar a la ferretería, y el Miami Herald daba con el paradero de un viejo conocido de Steven que aseguraba haberle visto en 1981 haciendo explotar bombas de tubo caseras en la cancha de tenis de su casa. Poco después, la prensa y los equipos de televisión se apiñaban alrededor de su casa de Fort Myers, donde vivía con su mujer y sus tres hijos. El arresto parecía inminente. Pero hasta que no se pudiera establecer comparación entre sus huellas dactilares y las de la persona que compró los tubos, la policía no podía hacer nada más.



El viernes 16 de agosto, Young consiguió vencer las defensas legales del sospechoso. Para ello, empleó un procedimiento poco habitual: se hizo con una orden de registro para poder obtener las huellas. Hubo que esperar unos días para que el laboratorio forense diera los resultados, pero las huellas de Steven Benson coincidieron con las del cliente de la ferretería. Lo arrestaron en Fort Myers el 22 de agosto.



El arresto
 


Young y Nowicki le llevaron a Naples, donde fue acusado de dos cargos de asesinato en primer grado y uno de intento de asesinato, y se le negó la fianza. El padre de Margaret Benson, Harry Hitchcock, envió una carta al juzgado en la que decía: “Temo por mi seguridad si Steven queda en libertad. Cualquier persona capaz de asesinar a su madre por dinero es capaz de asesinar a su abuelo por la misma razón”.


La información de los desfalcos fue presentada por la acusación en el Caso Benson el día que comenzó el juicio en Fort Myers, Florida, el 14 de julio de 1986. Steven Benson se declaró inocente. Los libros de contabilidad, actualizados precipitadamente, se encontraban en la furgoneta en la que Steven llegó a casa de su madre el día de la explosión. La aparcó tan cerca del Chevrolet que quedó cubierta de salpicaduras de sangre y restos de las víctimas. Durante el juicio, se especuló con la posibilidad de que intentara que ardiera con la explosión, destruyendo así todas las pruebas financieras que había en su contra. También se insinuó que la segunda bomba, activada minutos más tarde, gracias a un reloj automático, iba destinada a Wayne Kerr, ya que calculó que sería el tiempo que tardaría en salir de la casa y llegar junto al vehículo.



En la legislación de Florida existe un estatuto llamado “Ley de los Asesinos” (“Slayers Act”), que impone que un asesino no puede heredar dinero de sus víctimas. Steven Benson creía que jamás podrían relacionarle con las bombas y se convertiría en un acaudalado heredero, no en un preso común. Al final, una auditora de la ATF, Diana Galloway, analizó las finanzas de Benson y apareció en el juzgado con gráficos que mostraban detalladamente el conjunto de las transacciones realizadas entre las diferentes cuentas del banco familiar, y puso de manifiesto la utilización de la Meridian Marketing, la empresa secreta de Steven, para desviar fondos de las cuentas de su madre a las suyas.



Steven Benson con su abogada
 

El testimonio de Galloway, junto al de Kerr y los de los miembros del personal de la compañía, consiguió demostrar que el joven tenía un buen motivo, de carácter económico, para asesinar a su madre. Además el abogado defensor, Michael McDonnell, no pudo rebatir las pruebas forenses referentes a las huellas dactilares que le identificaban como el comprador del tubo empleado en la fabricación de las bombas.



El abogado defensor
 

El último gran triunfo de la acusación fue la llegada a la sala de Carol Lynn con un sombrero de ala ancha, gafas oscuras, un traje sobrio y su privilegiada belleza destruida por un montón de cicatrices. El emotivo relato de cuanto sucedió la mañana del crimen decidió el destino de su hermano. Los informes que se emitían por televisión sobre el juicio sustituyeron a las series de las emisoras locales y comenzaron a conocerse como “Las crónicas de los Benson”. En ellos se especulaba con la posibilidad de que el abogado defensor, con su extravagante carácter sureño, organizara una defensa estrafalaria. En realidad, iba a culpar al asesinado Scott de todo el asunto.



Carol Lynn tras el atentado
 

Poco antes del juicio, hubo muchos rumores sobre la muerte de Scott a raíz de la revelación de Carol Lynn de que el chico era en realidad su hijo. El abogado McDonnell podría haber tenido una buena oportunidad de hacerle parecer el verdadero asesino, si Scott no hubiera sido una de las víctimas. Como de hecho lo fue, tan sólo pudo sugerir que la turbulenta vida que llevaba le había convertido en un enemigo acérrimo de la gente con la que se relacionaba en los bajos fondos de Florida. La frecuencia con que se cometían asesinatos relacionados con el mundo de las drogas en el estado era lo suficientemente elevada como para que esta hipótesis pareciera plausible.


Sin embargo, la llamada “defensa basada en la mala fama” fracasó rotundamente, porque lo único que consiguió fue dejar abierta la posibilidad de que una persona o personas desconocidas hubieran colocado los artefactos explosivos. Los ayudantes del abogado recorrieron las zonas de mayor incidencia en las drogas en busca de historias sobre gente con la que Scott hubiera podido tener problemas. Perdieron tiempo y dinero con personajes escurridizos que tenían poco que contar. No encontraron una sola prueba definitiva que lo implicara en los hechos.

  
Hacia el final del juicio, el caso presentado por el Fiscal era irrecusable. Aun así, el jurado necesitó once horas para emitir un veredicto de culpabilidad en todos los cargos. Influyó el rumor de que, en una ocasión, Steven Benson le había comentado a un amigo: “Si tienes demasiados problemas, mata a tus seres queridos”.



La mitad de los miembros recomendaron la pena de muerte, pero el juez Hugh Hayes impuso dos sentencias de cadena perpetua por asesinato, y treinta y siete años por intento de asesinato y atentado con explosivos. McDonnell salió del juzgado asegurando haber conseguido “una gran victoria”, ya que, según afirmó, todavía no habían enviado a ninguno de sus clientes a la silla eléctrica. Hasta la fecha, Benson sigue en prisión.

Marybeth Tinning: "La Madre Asesina"

Marybeth Roe nació el 11 de septiembre de 1942 en Duanesburg, un pequeño pueblo del estado de Nueva York. Su infancia fue una soledad continua. Su padre, Alton Roe, trabajaba para la General Electric. Fue una alumna aventajada, pero su padre siempre la menospreció. La trataba con indiferencia y nunca le demostró amor. Por si fuera poco, sus compañeros de escuela se burlaban de ella, aunque intentaba ser amigable. Fue convirtiéndose poco a poco en una mujer solitaria y resentida, pero, sobre todo, con una enorme necesidad de amor y atención.

 

Marybeth obtuvo un trabajo como enfermera en el Hospital Ellis en Schenectady. Se casó en 1965 con Joe Tinning, un analista de sistemas de la planta de General Electric en la cercana Schenectady. Él y Marybeth Tinning eran miembros respetados de varias comunidades de la zona. Se mudaban frecuentemente.



La General Electric
 

Tuvieron dos hijos. Joe quedó encantado cuando Mary le informó que había quedado embarazada por tercera vez. En diciembre de 1971, nació una pequeña niña, Jennifer. Murió estando todavía en el hospital. Los Tinning estaban comprensiblemente consternados. Sólo más tarde pudieron asegurar los investigadores con un cierto grado de certeza, que la muerte de Jennifer fue la única muerte de los hijos de los Tinning que no era sospechosa.



En el funeral, los amigos y vecinos se volcaron en atenciones hacia Marybeth. Le prestaron toda la atención que no había tenido en toda su vida. Tanto cariño la aturdió, pero la hizo sentirse plena y dichosa. No sabían que sus amabilidades iniciaban una matanza sistemática que duraría varios años. Antes de partir hacia el sepelio, Marybeth comenzó un extraño ritual: lavó y planchó perfectamente toda la ropa que le habían comprado a su bebé. Luego la dobló y guardo cuidadosamente, junto con sus juguetes, en una caja de cartón. Selló la caja y la guardó en su casa.



El cementerio
 

Diecisiete días después de la muerte de Jennifer, el hijo de Joe y Marybeth Tinning, Joseph, de dos años, moría. La gente, consternada, acudió al sepelio de la mujer que perdía a otro hijo en apenas dos semanas. Esta vez hubo aún más cariño: una madre no merecía sufrir tanto. El ritual se repitió: lavó, planchó, dobló y guardó la ropa, colocó los zapatos del chico y sus juguetes en otra caja de cartón, que ocupó un lugar junto a la primera caja.



Joseph Tinning jr.
 

El 2 de marzo de 1972, Barbara, de cuatro años seguía a su hermano a la tumba. Los vecinos y amigos estaban consternados; no sabían cómo aliviar tanto dolor a la familia que sufría de aquella manera. En menos de tres meses, los tres niños habían sido arrebatados a sus devotos padres. Los amigos ofrecían sus condolencias. Los parientes consolaban a los Tinning. Y Marybeth, antes del nuevo entierro, realizó su ritual, obteniendo una tercera caja.

  La pequeña Barbara poco antes de morir con su madre, Marybeth Tinning
  
Aquellos que conocían a la familia quedaron deleitados cuando, nueve meses más tarde, Marybeth dio a luz a un varón, Timothy Tinning. Su alegría duró poco. Catorce días después de que Timothy entrara a este mundo, moría. La muerte fue atribuida al Síndrome de Muerte Infantil Repentina.


La preocupación de amigos, parientes y vecinos se convirtió en un rumor. ¿Era posible que los Tinning estuvieran maldecidos con genes defectuosos que dejaban a sus hijos con enfermedades inexplicables?


Un año y medio después de la muerte de Timothy, Marybeth paría a su quinto niño. Nathan murió el 2 de septiembre de 1975. Por primera vez, los médicos y autoridades locales tuvieron sospechas. Nathan había sido un niño saludable. Como en todas las muertes de los Tinning, se realizó una autopsia y, como siempre, la muerte fue atribuida a causas naturales. También, como en todos los casos, Marybeth realizó el ritual con las posesiones de sus hijos.



El Dr. Robert Sullivan, del Schenectady County Medical Examiner, supo de las tragedias que parecían perseguir a la familia como una maldición. Realizó una completa investigación de la muerte de Nathan, pero no pudo encontrar nada malo. Cualquier sospecha que él tuviera era disipada por los Tinning, quienes insistían en que se realizaran exámenes en todas las muertes de sus hijos.


Además, los Tinning eran ciudadanos respetables. Marybeth no tuvo más hijos por tres años y medio. Entonces vino Mary Frances, quien murió a los tres meses y medio.



Mary Frances Tinning
 

Diez meses después nacía Jonathan. Murió a la edad de tres meses. Los Tinning, culpándose a sí mismos por la pérdida de sus hijos naturales, intentaron quebrar la serie de muertes adoptando un niño negro, Michael.



Jonathan Tinning
 

Ese fue el punto de quiebre. Un año más tarde, en marzo de 1981, Michael moría. La muerte de Michael fue diferente. Aquí no había genes defectuosos. El niño había sido adoptado. Una autopsia indicó que la causa de la muerte era una neumonía viral. Los pediatras y asistentes sociales le contaron a la policía de sus sospechas y sugirieron que si alguno de los hijos futuros de los Tinning muriera, un patólogo forense debía ser llamado al caso. Las autoridades sospechaban tanto que lograron que se exhumaran los cuerpos de Timothy y Nathan. No se descubrió nada extraño.



Michael Tinning, el hijo adoptado
 

Pasaron tres años sin novedades. Luego, por octava vez, Mary quedó embarazada. El 20 de diciembre de 1985, cuatro meses después de su nacimiento, Tami Lynne moría. Siguió una intensa investigación. No se encontró nada que implicara a Marybeth, de quien ahora todos sospechaban que mataba a sus hijos.



Tami Lynne Tinning
 

Sin tener en cuenta la falta de pruebas en la serie de muertes, dos detectives tomaron a su cargo recoger a Marybeth, llevarla a los Cuarteles Centrales de la Policía del Estado en el cercano Loudonville e interrogarla exhaustivamente.

Después de ser interrogada por diez horas, Marybeth confesó haber matado a tres de sus hijos: Timothy, Nathan y Tami Lynne. Fue arrestada y acusada de asesinato.



El arresto de Marybeth Tinning
 

Después de pasar un mes en la cárcel, Marybeth fue liberada bajo una fianza de 100.000 dólares. Inmediatamente realizó procedimientos en la Corte para que su confesión fuera considerada inadmisible en el juicio por asesinato que vendría. Su marido, Joe, quien en ningún momento fue sospechoso de alguna mala acción, estaba comprensiblemente alterado de que su esposa hubiera sido interrogada por un período tan largo de tiempo sin su conocimiento y sin estar un abogado presente.



Marybeth no tuvo éxito en su pedido de que su confesión fuera declarada inadmisible. En 1987, fue sometida a juicio por el asesinato de Tami Lynne. Durante su juicio, el jurado oyó su confesión como le había sido contada a los detectives. Al describir cómo había asfixiado a Timothy, Nathan y Tami Lynne, dijo que lo había hecho "con una almohada, porque no soy una buena madre". Estaba claro que la confesión era verídica y que Marybeth había asesinado a casi todos sus hijos, excepto al que murió primero.



Marybeth había dado a los detectives todos los detalles de la noche en que tomó la vida de Tami Lynne. Llegó a la casa a las 20:35 horas, después de haber estado de compras con una amiga. Su amiga, al igual que su suegra y su suegro, quienes habían estado cuidando el bebé, se fueron a las 21:30. Puso a Tami Lynne de cuatro meses en la cuna. Marybeth relató:

"Intenté darle el biberón, pero no lo quería. Ella alborotó y lloró por una media hora. Finalmente se durmió. Entonces me fui a la cama".


Joe se acostó a las 23:00 horas. La pareja charló por unos momentos:

"Estaba por dormirse cuando Tami se despertó y empezó a llorar. Me levanté y fui a la cuna e intenté hacer algo con ella para que dejara de llorar. Finalmente, usé la almohada de mi cama y la puse sobre su cabeza. Lo hice hasta que dejó de llorar. Cuando finalmente levanté la almohada, ella no se movía. Le grité a Joe y le dije que Tami no estaba respirando".




La confesión fue un escalofriante relato de un asesinato a sangre fría. Se diagnosticó que Marybeth sufría el Síndrome de Munchausen por Poder. El 19 de julio de 1987, Marybeth Tinning fue encontrada culpable del asesinato en segundo grado de su hija Tami Lynne. Fue sentenciada a veinte años de prisión en la cárcel para mujeres en Bedford Hills, en Nueva York. Su emplazamiento para libertad condicional fue en marzo de 2009. Y como macabro colofón, Marybeth fue empleada en la guardería de la prisión.

Richard Chase: "El Vampiro de Sacramento"

Richard Trenton Chase nace el 23 de mayo de 1950 en Sacramento, California (Estados Unidos). Desde muy joven, es conocido por su conducta psicótica con rasgos de apatía y constante agresividad. Sufre enuresis hasta los ocho años, y mojar la cama es algo que le causa constante vergüenza, pero que no puede controlar. Desde los doce años, Chase sufre las constantes peleas de sus progenitores. Su padre, alcohólico, no escatima insultos y violencia contra su esposa, quien lo acusa de querer envenenarla y de ser un drogadicto además de un borracho. Diez años duran las peleas. Este escenario termina en divorcio y su padre vuelve a casarse poco después, pero para entonces, toda la situación de violencia ha marcado profundamente la psique del chico. Su único desahogo es escribir un diario, que llevará por años. A duras penas, concluye sus estudios de secundaria. Su coeficiente de inteligencia, pese a todo, es normal: 95 puntos. Intenta relacionarse con chicas y tiene un par de novias, pero es impotente y nunca consigue una erección. Su autoestima se devalúa cada vez más. En 1965, Chase bebe en exceso y consume marihuana y LSD. Es detenido por posesión de marihuana y condenado a realizar labores de limpieza a favor de la comunidad.

 



Para 1969, Richard Chase consigue un empleo en el cual dura algunos meses. Después de que lo despiden, sólo encuentra trabajos de un par de días. Consigue ingresar a la Universidad, pero no puede concentrarse en los estudios ni soportar la presión social de la vida universitaria, y abandona la carrera casi enseguida. A los veintiún años, Chase se va de casa para compartir piso con unos amigos. Allí, continuamente drogado, su estado mental se deteriora aceleradamente: empieza a obsesionarse con la idea de que una organización criminal trata de acabar con él. Para protegerse, clava con tablas la puerta de su habitación, entrando y saliendo de ella por un pequeño agujero que hace en el fondo de un armario de pared. Duerme poco y mal, vigilando constantemente para que no lo atrapen los sicarios cuando por fin lleguen. En su diario escribe:

“A veces oigo voces por teléfono. Ignoro qué voces. Amenazas. Suena el teléfono y alguien me dice cosas extrañas: que mi madre me envenena poco a poco y que me voy a morir. Me siento observado. Sé que alguien me vigila…”

 

Para 1972, es arrestado por conducir ebrio. Se asusta tanto que deja de beber: nunca vuelve a probar el alcohol. Un año después, en 1973, durante una fiesta, Chase intenta tocarle los pechos a una chica que no se lo permite. Se inicia una gresca y Chase saca un arma, una pistola calibre .22. Los demás invitados lo reducen hasta que llega la policía. Una fianza de $50.00 dólares le permite salir en libertad. Incapaz de tener trabajo, sus padres lo mantienen económicamente y vive a veces en casa de uno y a veces en casa del otro. Poco tiempo después, Chase se afeita la cabeza y acude asustado al médico, alegando que su cráneo se está deformando poco a poco y los huesos le agujerean la piel. También dice sentir que se muere porque alguien le ha extraído la arteria pulmonar, y nota que su sangre no puede circular. Para aliviarlo, se inyecta sangre de conejo en las venas. Chase es internado en un hospital psiquiátrico, saliendo al poco tiempo, pese a la opinión de algunos médicos que lo consideran peligroso. Una vez libre, deja de tomar la medicación y su conducta comienza a empeorar. Chase se convence de que su sangre se está convirtiendo en polvo y que necesita sangre fresca para sobrevivir. Nuevamente se inyecta y bebe sangre de conejo, tragándose además las vísceras de los animales. Al poco tiempo cae enfermo y los médicos, tras percatarse de su obsesión por consumir sangre, lo internan de nuevo, diagnosticándole esquizofrenia paranoide. De nuevo en el manicomio, Chase emula al personaje de Renfield que aparece en la novela Drácula, de Bram Stoker, y se dedica a cazar pájaros, a los cuáles les arranca la cabeza a mordidas para beber su sangre. En su diario comenta sus acciones meticulosamente, habla sobre la forma en que mata animales pequeños y describe el sabor de la sangre. También menciona:

“Mi sangre está envenenada y un ácido me corroe el hígado. Es absolutamente necesario que beba sangre fresca”.

 

En 1977, de nuevo en la calle, comienza a secuestrar a numerosos perros y gatos, a los cuáles decapita, descuartiza y bebe su sangre mezclada con Coca Cola. Guarda los collares, formando una macabra colección. Luego ataca vacas y ovejas en el campo para beber su sangre; incluso es detenido por un oficial indio en una reserva, pero al comprobar que lleva cubetas con sangre ovina, es dejado en libertad: cuando se le pregunta por qué lleva la camiseta manchada de sangre, alega que estaba cazando conejos.



La casa de Richard Chase
 

Su padre intenta acercarse a él; pasa los fines de semana en su compañía, le compra regalos y se lo lleva de excursión. Pero es inútil: Chase está totalmente demente. No puede pensar en otra cosa más que en el ficticio deterioro de su cuerpo. También se obsesiona con los extraterrestres y habla constantemente sobre OVNIs. Cuando se encuentra a algún antiguo conocido, le dice que una agrupación nazi lo persigue desde que estaba en la secundaria. Richard Chase está convencido de que, a causa de la supuesta falta de sangre, su estómago se está pudriendo, su corazón disminuye de tamaño y sus órganos internos se desplazan en su interior. En su mente, se trata de una metamorfosis que lo transformará en un vampiro humano.

 

Para septiembre de ese mismo año, Chase discute con su madre. Incapaz de controlar su violencia, toma al gato de la casa y lo asesina. Días después, va a la perrera municipal; adquiere dos perros por $15.00 dólares y los asesina, bebiéndose su sangre. El 20 de octubre roba gasolina para su furgoneta, que está descuidada y llena de basura; cuando un policía lo descubre, Chase niega la acusación y convence al agente, que lo deja irse. Después responde a un anuncio en el periódico, va a una casa y compra dos perros labrador por el precio de uno. Los sacrifica también. Su colección de collares crece. Luego roba un perro que ve en la calle, y esta vez lo tortura antes de asesinarlo, beberse su sangre y comerse sus vísceras. Después se entera de que los dueños ofrecen recompensa; eufórico, los llama por teléfono y les cuenta cómo torturó y mató al animal.

 

El 7 de diciembre, Chase va a una armería y se compra otro revólver del calibre .22. Las desapariciones de mascotas continúan. Fascinado por los crímenes de los primos asesinos, Kenneth Bianchi y Angelo Buono, cometidos en Los Ángeles, guarda celosamente los recortes de prensa que los mencionan. Señala en los periódicos los anuncios puestos por personas que regalan gatos o venden perros. Su padre le regala en navidad un anorak amarillo, que ya no se quitará. Chase practica con su nueva pistola. Dispara contra el muro sin ventana de la casa de una familia apellidada Phares. Al otro día, dispara contra la ventana de una cocina, partiéndole el cabello a la señora Polenske, quien está inclinada y evade la muerte por milímetros.



Richard Chase decide que es hora de practicar sobre otros blancos. Tiene 28 años y una mente hecha pedazos. El 28 de diciembre toma su revólver, sale a la calle y le dispara a Ambrose Griffin, un desconocido a quien ve en la calle. Lo mata mientras el hombre regresa del supermercado con su esposa, disparándole desde su furgoneta. Griffin vive justo enfrente de la casa de los Phares, donde Chase efectuó su primer disparo. Chase comienza a coleccionar recortes de periódico sobre el crimen aparecidos en el Sacramento Bee. El 16 de enero, le prende fuego a un granero para alejar a unos adolescentes que habían puesto música a volumen alto.



Está enloquecido: necesita beber sangre y ya no queda satisfecho al conseguirla desangrando animales. Ha llegado a la conclusión de que es un vampiro, así que inicia una cacería humana. El 23 de enero por la mañana, intenta allanar una casa entrando por la ventana, pero se topa de frente con el rostro de la dueña. Se sienta entonces en el jardín y allí se queda un rato, pasmado. La mujer llama a la policía, pero Chase se marcha antes de que lleguen. Se mete a otra casa, defeca en la cama de un niño y orina en un cajón lleno de prendas íntimas. Roba algunos objetos. Después es sorprendido por el dueño. Chase huye, el hombre lo persigue, pero consigue evadirse. El hombre regresa a su hogar y descubre los daños. Una hora después, el asesino se dirige a un centro comercial. Lleva la camisa manchada de rojo y tiene costras de sangre seca en la boca. Hiede y se nota perdido. Una amiga suya de la secundaria está en el aparcamiento. Chase se le acerca y le pregunta si ella iba en la misma motocicleta donde se mató un viejo amigo suyo de la escuela (la chica era la novia). Ella no le reconoce hasta que él le dice quién es. Lo evade, se mete a un banco, pero él la espera hasta que sale. Ella intenta alejarse y al subirse a su auto, Chase trata de meterse por el asiento del copiloto. La mujer logra escaparse.



La amiga de Chase
 

Richard Chase sigue vagando. Se mete a un jardín, el dueño sale y le reclama. El criminal alega que sólo está tomando un atajo, sigue su camino y entra al jardín de otra casa. Es la vivienda de una mujer llamada Terry Wallin, una joven de veintidós años con tres meses de embarazo, que se encuentra sacando la basura. Chase la obliga a entrar en la casa; una vez adentro, le arranca la sudadera, en pantalón y el sujetador, y después dispara dos veces sobre ella; aún viva, le abre el vientre para arrancarle los intestinos, y los esparce cuidadosamente por el suelo.

  
La mujer no deja de proferir alaridos de dolor. Le mete un cuchillo en uno de los pechos y retuerce la hoja dentro de la herida; ella muere entre espantosos dolores. Luego le extirpa el hígado, el diafragma, un pulmón y los riñones, colocándolos encima de la cama. Chase golpea varias veces el cuerpo sin vida y después va por un vaso a la cocina. Se dedica a beber la sangre de la mujer, fresca y caliente. Mastica algunos trozos de vísceras y devora parte de los órganos internos; se pinta además el rostro con la sangre. Finalmente, como toque final a su obra, defeca sobre la boca y el vientre abierto del cadáver, y abandona la casa, satisfecho.
  

A las 18:30 horas, David Wallin, el esposo de Terry, regresa a su casa después de trabajar y se encuentra con la carnicería. Aterrado, llama a la policía. Nunca se ha visto un crimen igual en Sacramento. Los policías acuden al FBI y quien acude es el agente Robert K. Ressler, creador del concepto “asesino serial”, quien realiza un perfil del criminal, que es casi coincidente con las características de Richard Chase.



Manchas de sangre en la casa de los Wallin
 

La policía busca al asesino, pero no consiguen encontrarlo. Cuatro días después, la sed se apodera nuevamente de Richard Chase, a quien los periódicos han bautizado ya como “El Vampiro de Sacramento”. Entra en una casa elegida al azar; una vez allí, se dedica a disparar contra los habitantes. Mata a Evelyn Miroth, de treinta y seis años; a su hijo Jason, de seis; y a un amigo de la familia llamado Daniel J. Meredith, de cincuenta y dos.

  
Chase lleva el cadáver de Evelyn Miroth a la recámara, donde la sodomiza. Luego le clava el cuchillo en el ano; después le vacía un ojo y se lo come. A continuación la eviscera y engulle parte de sus órganos internos y bebe su sangre en un vaso de cristal.



Evelyn Miroth
 

Lleva el cadáver del niño a la bañera; rompe y abre el cráneo del niño, y comienza a devorar el cerebro. El agua de la tina queda manchada de rojo y con trocitos de masa encefálica. Chase defeca en el agua. Alguien llama a la puerta de la casa y se asusta, así que decide marcharse. En la casa hay además un bebé de veintidós meses, Michael Ferreira, a quien Chase secuestra. Se roba la camioneta Ranchera de Daniel J. Meredith y escapa en ella. Abandona el vehículo a unas cuantas calles, con las llaves puestas; allí lo encuentra la policía.



Jason Miroth
 

Ya en su casa, Chase tortura al bebé un rato. Cuando se aburre, toma un cuchillo y, mientras el bebé sufre lo indecible, le corta la cabeza. Tarda un rato en lograr su cometido, pues la hoja está roma. Tras decapitar el cuerpo, bebe la sangre con fruición. Rompe el cráneo del bebé y devora el cerebro crudo.



Michael Ferreira
 

La gente se muestra aterrorizada. La policía se ve presionada. Los medios convierten los asesinatos en noticia nacional. “El Vampiro de Sacramento” cosecha fans: mucha gente asegura que se trata de un vampiro verdadero y que hay que comprenderlo, no cazarlo. Sesenta y cinco policías dan caza al criminal, en una zona cercana al lugar donde abandonó la camioneta. Chase sale de casa y, ante el temor de que la policía lo capture, dispara contra un perro en un club de campo cercano y lo destaza, bebiendo nuevamente sangre de animal. La policía se entera y estrecha el cerco. Mientras tanto, Chase sigue coleccionando recortes de periódico y escribe en su diario:

“Si devoré a esas personas fue porque tenía hambre y me estaba muriendo”.

  
La ex compañera de la secundaria a quien Richard Chase encontró en el centro comercial decide acudir a la policía; les cuenta lo ocurrido y les comunica sus sospechas de que él es a quien buscan. Los agentes encuentran sus datos enseguida. Chase vive a una manzana de distancia del lugar donde se encontró la camioneta abandonada. Varios policías se colocan alrededor de su domicilio; saben que posee un revólver y que está totalmente trastornado. Vigilan la casa en espera de que se asome. Chase aparece poco después. Corre hacia su furgoneta llevando una caja bajo el brazo. Los policías caen sobre él; Chase lucha con ellos. Durante el forcejeo, intenta sacar el revólver, pero se le cae al piso. Finalmente, los agentes logran reducirlo. En la caja lleva varios trapos ensangrentados y la cartera de Daniel Meredith está en el bolsillo trasero de su pantalón.


La casa de Chase es un sitio hediondo, lleno de basura, excremento y trozos de vísceras podridas. Hay sangre seca por todas partes, periódicos viejos, latas de cerveza vacías, cartones de leche, trapos sucios, un plato con restos de cerebro encima de la cama y recipientes con órganos humanos y animales. La policía encuentra un cuchillo de caza con una hoja de treinta centímetros, una caja de herramientas cerrada con llave y unas botas de caucho manchadas de sangre. También hallan su colección de collares de perro y gato, así como tres licuadoras que Chase usa para moler órganos y sangre.



Una de las licuadoras que Chase utilizaba
 

Hallan su diario. En la pared de la cocina hay además un calendario, con la palabra “Hoy” escrita en las fechas de los asesinatos. Lo peor es que la misma palabra aparece escrita cuarenta y cuatro veces más, en fechas futuras. Chase planeaba asesinar por lo menos en otras cuarenta y cuatro ocasiones. El cuerpo del bebé asesinado es encontrado a mediados de 1978, enterrado cerca de la casa del asesino. Una de las anotaciones finales de Chase dice:

“La primera persona a la que maté fue por accidente. Mi coche estaba estropeado. Quería irme pero no tenía transmisión. Tenía que conseguir una casa. Mi madre no me quería acoger en Navidades. Antes siempre me acogía en Navidades, cenábamos y yo hablaba con ella, con mi abuela y con mi hermana. Aquel año no me dejó ir a su casa y disparé desde el coche y maté a alguien. La segunda vez, las personas habían ganado mucho dinero y tenía envidia. Me estaban vigilando y disparé a una señora (conseguí algo de sangre de aquello). Fui a otra casa, entré y había una familia entera ahí. Les disparé a todos. Alguien me vio allí. Vi a una muchacha. Ella había llamado a la policía y no habían podido localizarme. La novia de Curt Silva... el que se mató en un accidente de moto, lo mismo que un par de amigos míos y tuve la idea de que lo habían matado a través de la Mafia, que él estaba en la Mafia, vendiendo droga. Su novia recordaba lo de Curt; yo estaba intentando sacar información. Dijo que se había casado con otro y no quiso hablar conmigo. Toda la Mafia estaba ganando dinero haciendo que mi madre me envenenara. Sé quiénes son y creo que se puede sacar esto en un juicio si, como espero, logro recomponer las piezas del rompecabezas…”

  
El juicio se cambia de la ciudad de Sacramento a Palo Alto. Chase trata de justificar sus macabros crímenes diciendo que unas voces de seres extraterrestres y otras criaturas lo acosaban continuamente, obligándolo a matar. El juicio se inicia a principios de 1979 y el 6 de mayo de aquel año, Iris Yang, periodista del Sacramento Bee, describe a Chase:

“El acusado estaba totalmente apático. Sombrío, pelo marrón lacio, ojos apagados y hundidos, tez cetrina y delgadez extrema, no le sobra apenas carne en los huesos. Durante los últimos cuatro meses y medio, Richard Trenton Chase, a sólo unas semanas de su vigésimo noveno cumpleaños, ha estado sentado encorvado, jugando con los papeles que tiene delante de él o con la mirada vacía puesta en las luces fluorescentes de la sala”.

 

Sólo hay juicio porque la fiscalía se empeña en pedir la pena de muerte, basándose en una nueva ley estatal recientemente aprobada en California. La defensa quiere que Chase sea considerado mentalmente enfermo e incapaz de someterse a juicio, pero la fiscalía argumenta que Chase ha tenido suficiente “astucia y conocimiento” en el momento de los crímenes para ser considerado responsable de sus actos y tener que responder por ellos. Lo acusan de seis asesinatos en primer grado: Terry Wallin, las tres personas en casa de los Miroth, el bebé muerto y Ambrose Griffin. El jurado sólo delibera un par de horas y lo declara culpable de todos los asesinatos. El juez lo manda al Corredor de la Muerte de San Quintín a la espera de su ejecución en la silla eléctrica. Lo trasladan a Vacaville, donde está también preso Charles Manson.

  
Tras el juicio, Robet K. Ressler describe su encuentro con Richard Chase en su libro Asesinos en serie:

“Yo no estaba de acuerdo en absoluto con el veredicto ni con la orientación que se había dado al caso. Ocurrió en el mismo periodo en que el antiguo inspector del ayuntamiento de San Francisco, Dan White, asesinó al alcalde Moscone y al inspector Harvey Milk. White alegó que se había vuelto loco porque había consumido un tipo de comida basura, los Twinkies de Wonder, y su estrategia fue aceptada. Lo mandaron a una cárcel estatal sin pena de muerte. Richard Chase, en cambio, que tenía claramente una enfermedad mental y debería haber pasado el resto de su vida en un psiquiátrico, fue condenado a muerte. John Conway y yo visitamos a Chase en el Corredor de la Muerte de San Quintín en 1979. Conway era el enlace del FBI con las cárceles de California y era un tipo excepcionalmente afable, apuesto y sutil, que poseía el don de conseguir que los prisioneros hablaran con él.


“Visitar a Richard Chase fue una de las experiencias más extrañas que jamás tuve. Desde el momento en que entré en la cárcel hasta que me senté en el cuarto donde lo entrevistaríamos, rasé por toda una serie de puertas que se cerraban de golpe tras nosotros, una experiencia opresiva y aterradora. Había estado en muchas cárceles, pero ésa fue la más horripilante; me sentía como si estuviera atravesando un punto sin retorno. Conway estaba mucho más entero que yo. Subimos en varios ascensores y el último nos dejó en el Corredor de la Muerte. Escuché ruidos extraños, gemidos y otros sonidos casi inhumanos provenientes de las celdas. Nos sentamos en un cuarto a esperar a Chase y lo oímos acercarse por el pasillo. Llevaba grilletes en las piernas y hacía un sonido metálico seco al andar, lo que me hizo pensar enseguida en el fantasma de Marley del libro Una canción de Navidad de Charles Dickens. Además de llevar grilletes, iba esposado y tenía puesto uno de esos cinturones a los que van atadas las esposas. Sólo podía arrastrar los pies a duras penas.

  
“Su aspecto me dio otro susto. Era un hombre joven, flaco, extraño, con el pelo negro y largo, pero lo que realmente me impactó fueron sus ojos. Nunca los olvidaré. Eran como los ojos del monstruo de la película Tiburón. No había pupilas, sólo puntos negros. Eran ojos malvados que recordé durante mucho tiempo después de la entrevista. Casi tuve la impresión de que no podía verme, que más bien miraba a través de mí, sin más. No mostró ninguna señal de agresividad, simplemente se sentó y se quedó pasivo. Tenía un vasito de plástico en las manos, algo de lo que no habló al principio. Como Chase ya había sido condenado y se encontraba en el Corredor de la Muerte, no me sentí obligado a empezar con el típico cortejo que empleaba en la primera entrevista con un asesino. Normalmente, tengo que esforzarme por demostrar al preso que soy digno de su confianza y que puede hablar conmigo. Chase y yo hablamos con bastante facilidad, considerando su estado mental. Reconoció haber cometido los asesinatos pero dijo que fue para preservar su propia vida. Me indicó que estaba preparando una apelación centrada en la idea de que se estaba muriendo y había asesinado para obtener la sangre que necesitaba para vivir. Lo que ponía en peligro su vida era el ‘envenenamiento de jabonera’. Cuando le dije que no conocía la naturaleza del envenenamiento de jabonera, me ilustró al respecto. Todo el mundo tiene una jabonera, dijo. Si levantas la pastilla de jabón y la parte de abajo está seca, estás bien. Pero si esa parte está pegajosa, significa que sufres de envenenamiento de jabonera. Le pregunté por los efectos del veneno y me contestó que convierte la sangre en polvo, lo pulveriza básicamente; la sangre entonces va consumiendo el cuerpo y su energía y reduce las habilidades de la persona.



“Al lector esta explicación le puede parecer ridícula o demasiado extraña. Sin embargo, cuando me vi en aquella situación, tenía que reaccionar correctamente. No podía parecer horrorizado o sorprendido y debía tomar la explicación como lo que era: una ilustración del razonamiento de un asesino. La regla que empleamos es que no decimos nada sobre la fantasía y animamos a la persona a seguir hablando. De modo que no podía decir sobre el envenenamiento de jabonera ‘no existe tal cosa’, porque eso no habría servido para nada. Tampoco podía decir: ‘oh, sí, conozco a personas que han tenido envenenamiento de jabonera’. Simplemente acepté su explicación y no me puse a discutir al respecto. Apliqué la misma regla cuando empezó a contarme que era judío de nacimiento (sabía que no era verdad) y que los nazis lo habían perseguido toda su vida porque tenía una estrella de David en la frente, que procedió a mostrarme. Podía haber dicho: ‘¡Qué tontería más grande!’ o bien el otro extremo: ‘vaya, qué preciosidad, ojalá tuviera yo una igual’. Ninguna de las dos respuestas habría ayudado mucho en la conversación. No veía ninguna estrella de David en su frente, pero pensé que podía tratarse de una trampa o de una prueba para ver hasta qué punto yo estaba dispuesto a creerme su explicación. Igual me estaba engañando, diciendo que la estrella estaba en su frente cuando en realidad estaba en un brazo o en su pecho, y quería averiguar cuánto sabía yo sobre él. En esa ocasión dije simplemente que no había traído mis gafas, que había poca luz y que no podía ver su marca de nacimiento pero que aceptaba su palabra de que estaba allí. Dijo que los nazis habían estado conectados con los OVNIs que flotan continuamente sobre la tierra y le habían ordenado por telepatía que matara para reponer su sangre. Concluyó su exposición diciéndome: ‘Así que ya ve, señor Ressler, está muy claro que maté en defensa propia’.


“Quizá la información más relevante que saqué de la entrevista fue la respuesta que me dio cuando le pregunté cómo había elegido a sus víctimas. Muchos de los anteriores entrevistadores habían sido incapaces de obtener ese dato, pero yo me había ganado la confianza de Chase y él se sintió cómodo contándomelo. Había estado escuchando voces que le decían que matara y simplemente fue de casa en casa, probando si la puerta estaba cerrada o no. Si la puerta estaba cerrada, no entraba. Pero si estaba abierta, entraba. Le pregunté por qué no rompió simplemente una puerta si quería entrar en una casa en particular. ‘Oh’, dijo, ‘si una puerta está cerrada, significa que no eres bienvenido’. ¡Qué delgada era la línea entre los que evitaron ser víctimas de un crimen horrendo y los que sufrieron una muerte atroz a manos de Chase! Finalmente, le pregunté por el vasito de plástico que llevaba en la mano. Me dijo que era una prueba de que en la cárcel estaban intentando envenenarle. Me lo enseñó y dentro había una sustancia amarilla y pegajosa que más tarde identifiqué como los restos de una cena precocinada de macarrones y quesos. Quería que me lo llevara al laboratorio del FBI en Quantico para que lo analizaran. Era un regalo que no podía rechazar. La información obtenida en esa entrevista ayudó a confirmar el retrato que estábamos elaborando del ‘asesino desorganizado’, que era radicalmente diferente del retrato del ‘asesino organizado’. Chase no se limitaba a encajar en el perfil del asesino desorganizado, sino que se podría afirmar que era su personificación. Nunca he conocido, ni creo que ningún otro policía lo haya hecho, a un tipo que se adecuara mejor a las características del asesino desorganizado. A este respecto, era todo un clásico.



“Los otros presos en la cárcel de San Quintín se mofaban de Chase; amenazaban con matarle si conseguían acercarse lo suficiente y le decían que tendría que suicidarse. Los psicólogos y psiquiatras de la cárcel que examinaron a Chase en aquella época esperaron a que se calmara el revuelo que se había formado en torno a la pena de muerte y luego sugirieron que, dado que era ‘psicótico, loco e incompetente, y todo esto de manera crónica’, fuera trasladado a la prisión de Vacaville, en California, conocida como las ‘Instalaciones Médicas de California’ del sistema penitenciario, el lugar que alberga a los locos criminales. Yo, desde luego, estaba de acuerdo con esa opinión. Para entonces, como creía que el FBI analizaría lo que le daban de comer en la cárcel, Chase también nos escribía a Conway y a mí para decimos que tenía que desplazarse a Washington, D.C., para trabajar en su apelación. Tenía la convicción de que al FBI le interesaría saber que los OVNls estaban relacionados con los accidentes aéreos y las armas antiaéreas que los iraníes empleaban contra Estados Unidos. ‘Sería fácil para el FBI detectar los OVNIs por radar’, me escribió, ‘y verían que me siguen y que son estrellas en el cielo por la noche que se encienden por medio de algún tipo de máquina de fusión controlada’.



“Fue la última vez que Chase me escribió. Justo después de la Navidad de 1980, lo encontraron muerto en su celda en Vacaville. Había estado ahorrando muchas pastillas antidepresivas de las que recibía para controlar sus alucinaciones y convertirlo en un preso manejable, y se las había tomado todas de una vez. Algunos dijeron que era un suicidio; otros siguieron creyendo que había sido un accidente, que Richard Trenton Chase había ingerido todas las pastillas en un intento de acallar las voces que lo habían impulsado a matar y que lo atormentaron hasta el día de su muerte”.